

Diario de una Amazona (con Celia Blanco @latanace)
MTVRX Producciones
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- 2022
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About Diario de una Amazona (con Celia Blanco @latanace)
Diario de una Amazona es el primer podcast producido por MTVRX Producciones. Es una serie de capítulos donde la periodista y escritora Celia Blanco (ex presentadora del programa de la Cadena SER Contigo Dentro) habla ella misma. Será un diario en el que nos contará cómo es su vida más íntima, después de años siendo una MILF, madre deseada sexualmente. Ahora, con 50 años se erige en amazona, en una mujer fuerte que galopa sobre la grupa de sus amantes. Un diario íntimo, sincero y sexual para escuchar con cascos. Podría hacerlo de otro modo, no confesando. Pero si confieso me desnudo al hacerlo. Y noto las manos de mis amantes acariciándome el cuerpo entero. Quiero que sea un diario, una cita semanal en la que pueda recrearme en todo lo bueno que pasa entre mis piernas para sentirlas, de nuevo, temblar. Soy una amazona, una mujer libre, una mujer plena, una mujer segura de lo que necesita para seguir viva con toda esta intensidad. Una amazona siempre se levanta cuando la destrozan, recupera la compostura y se planta, de nuevo, ante quien haga falta. Una amazona sabe que lo mejor que tiene es a ella misma. Y así, solo así, puede con todo. Soy la perfecta amazona que quiere que sepas cómo le gusta follar... No vaya a ser que tengamos la suerte de cruzarnos y perpetremos todos nuestros deseos, esos que no contamos a los demás. 😍
- Publisher
- MTVRX Producciones
- Category
- health & fitness
- Language
- es
- Explicit
- Yes
- First episode
- 21 Dec 2022
- Latest episode
- 19 Sept 2023
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19 Sept 2023
T02XE35 - Diario de una Amazona - Un Podcast de Celia Blanco @latanace - El Experimento (que no salió)
T02XE35 - Diario de una Amazona - Un Podcast de Celia Blanco para MTVRX Producciones - El Experimento (que no salió) Cuando quise que me quisieran y no lo hicieron Me gustó, que lo primero que hiciera nada más verme fuera besarme. Abrazarme y besarme en una sana proporción que me hizo sentir bien. Querida. Esperada. Mi tren no había podido llegar por culpa de los destrozos de la Dana de turno y, como soy tan exquisita, lo eximí de que fuera a buscarme a la estación, tal y como habíamos quedado. Donde estaba obligado a besarme. Se lo había dicho: “si vienes a la estación tendrás que besarme; tú mismo”. Desde el principio dejamos claro que sería un experimento al mismo tiempo que nos halagábamos y calentábamos. No demandó demasiado desnudo, cosa que agradecí, no porque no me gusten, porque aún me cuesta verme. Recuerden, yo tengo las tetas feas. Pero desde que estoy en el Cuartito Oscuro, mi autoestima va mejorando. Porque en la terapia de grupo nos marcamos un fototetas y hacemos no solo que nos veamos, sino que nos alabemos. Empezamos a gustarnos… Llevamos más de un año. El caso es que me presenté en la casa en la que estaba el susodicho. Apartamento. Una única habitación. Mucha luz. Decoración minimalista muy bonita. Mobiliario todoterreno pero estiloso. Una bendición. Abrió la puesta me abrazó y me besó. Qué bonito, esto, Caballero. Llamaremos caballero a, este, mi último amante, porque es, además, el hombre de más edad con el que he tenido sexo. La primera vez hace diez años. Una cosa esporádica, fortuita y divertida que, por supuesto, ya les he contado en, este mi podcast del alma. Y él lo escuchó. Y le gustó. Y me mandó un mensaje lindísimo agradeciéndome que escribiera tan bonito de nuestro encuentro. — ¿Dónde estás? Voy a Madrid cuatro días. “Por este mes, estaré aquí”, escribió en el chat. — ¡Qué bien!— Pensé. Y decidimos regalarnos esos cuatro días para nosotros. Para vernos. Para contarnos. Para intentarlo. “Solo 4 días. No voy a ser ni tu novia ni tu amante fija”, le dije en un mensaje. “No quiero”, contestó. Era perfecto. Me gustó cómo me recibió y lo fácil que fue todo. Un beso despacio, largo en la puerta de su apartamento,donde llegué con una maleta y una mochila repleta de cosas ricas de Almería para las cenas. La vena de cuidadora que no falte, con lo mona que quedo comiendo en la calle pero deduje que aquel no querría pasearme por Malasaña; que yo supiera, tenía pareja desde hace años. Pero no pregunto. Yo dejo. Y entré en un apartamento en el que vivía solo y en el que no parecía que hubiera necesidad de más cepillos de dientes en el cuarto de baño. A mí me encantó. Me desnudó rápido. Me quiso pronto y me tuvo inmediatamente porque yo venía a eso, a estar 4 días con un amante. Se quitó la camisa, blanca, impecable, y lo vi extremadamente delgado. No lo recordaba tan flaco. El verano no ha sido su mejor momento por el color cerúleo que lucía, contraste con mi moreno cabogatero. Me besó y besó. Hasta comerme todo lo entera que se me puede comer. Abrió mis piernas y lamió con cuidado, sabiendo perfectamente cómo hacerlo y haciéndolo. Este ha estado años con una buena mujer que ha invertido horas en no quedarse a medios. A la que el resto de la humanidad le agradecemos su generosidad. Lo comía bien. Pero yo no me corrí. Disfruté, sí, me lo pasé bien, también. Pero no me corrí. No consiguió que llegara donde llego con otros amantes. Me gustó mucho su polla. Recia. Gorda. Tamaño medio pero potente. Me sorprendió por la edad, siempre he pensado que los sesenta es una edad maldita. Pero no. No lo es. No lo es en absoluto. Me gustaba follar con él, claro que me gustaba. Gemía yo más, porque soy más exagerada. Él murmura, no habla, susurra sus dudas, no las manifiesta. En todas las conversaciones que pudimos tener dejamos constancia de lo poco que nos parecíamos. En pensamiento, palabra y obra. Pero sin culpas. Chupársela fue una delicia. Porque era preciosa, porque estaba dura, porque me cabía entera hasta el fondo y porque era importante sin ser descomunal lo que hacía que apeteciera mucho más. Me gustó su piel, inmaculada ella, me gustó que tuviera un defecto en la nariz y que se lo tocara continuamente, entendí que no estuviera pendiente de mí y que pareciera huir de todas las demostraciones excesivas. Con lo excesiva que soy yo. Pero la frialdad era evidente. Parecía que le costara quererme. Parecía que me quisiera transparente. Él me quiso y me quiso bien. Bebiéndome entera, comiéndomelo muy muy bien. Sin conseguir que me corriera y contemplándose intentarlo con la polla. Que tampoco. Pero me gustó. Me gustó. Me gustó porque era un complemento a lo que había ocurrido diez años antes. Me gustó porque su polla era de esas que son plenas, que mira que es difícil encontrarlas porque a todas les encuentras huecos… Salimos a tomar algo. Yo tenía hambre de Madrid y él se dejó. Me fijé en que, si yo me paraba, él avanzaba unos pasos para que no se nos viera juntos o tuviera que presentarlo. Yo, en Madrid, toda divina y preciosa, paseada por alguien que querría que no me miraran mucho. Llegamos a la taberna de mis amores, pedimos media botella, unas chacinas, cuarenta minutos escasos y regreso. Ni un beso. Ni un gesto de cariño. Una conversación espléndida aunque de verborrea ande escaso, pero yo soy un torrente… más si le pongo ganas. Y ver a este hombre me apetecía. Lo admiraba, cosa mala cuando hablamos de amantes de los que no puedes engancharte… Yo no quería engancharme de él. Solo quería ser su cosa bonita 4 días. Solo. Cenamos en un oriental a dos pasos de su casa, de estos que tienes poca carta y eso los hace especiales. De ahí, directos a su precioso salón. Sin alcohol. Sin nada más que nuestra compañía que helaba cualquier atisbo de deseo. No me deseaba. Se le notaba. — ¿Qué te pasa? ¿Qué hay mal? — Hay que ya no estoy con mi mujer. Desde hace un mes. Me quedé helada. — ¡¿Qué?! No me digas eso, por favor… ¿Soy la primera con la que te acuestas después de ella? — Sí. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! No me importa nada ser una más de la larga ristra de quienes me gustan. No tengo problema. Pero no quiero ser la primera con la que te acuestas después de que tu relación se acabe por una cosa muy sencilla: estarás frío. Querrás ordenar tu cabeza. Descubrir los sentimientos que te quedan hacia esa persona que fue el epicentro de tu vida. Y no es solo ella. Es su familia. Es sus manías. Es su manera de hacer el pulpo a la gallega, es su alegría en todas las fiestas, son los besos que te dieron por las esquinas y lo bien que asumiste envejecer a su lado… Con ella.. Cuando la persona con la que te has visto vieja desaparece de tu vida, da igual quien lo haya decidido, tu vida explota. Y reconstruirse lleva mucho tiempo y mucha ayuda. Me dio igual que dejaran de quererme; lo entendí. Lo que nunca asimilaré es que quisieran hacerme daño; si la primera persona con la que yo hubiera estado después de mi marido me hubiera hecho lo más mínimo, yo me habría muerto. Ser la primera… No, no quiero. Le dije que me hubiera gustado saberlo antes de ir, me levanté, le di un beso y me fui a la cama. Mi camisón era lo más lencero que pude. La cama, una maravilla de esas que tienen los que tienen dinero, era muy cómoda, pero yo necesité cogerle el punto. De lado, con la esperanza de que me abrazara por detrás y durmiéramos así. Oliéndonos. Vino a la cama, claro que vino. Y hasta me quiso. Me quiso bien. Me quiso tan bien que se puso a tres palmos de mí. Mirando al techo. Completamente quieto. Respirando despacio. Acariciándose la yema de los dedos. Me desperté temprano, debían ser las cinco o así. A mi lado no había nadie. Abrí la puerta del salón y lo vi en la cama del sofá enorme en el que me había comido el coño la tarde anterior. Volví a la cama y me acosté. A las diez estaba arriba para ir a desayunar. Qué bueno vivir en el centro y que haya café en cualquier sitio porque yo, que ni siquiera como ya nada por la mañana, necesité el café con leche enorme para poder despedirme, de nuevo con un beso y desaparecer. Yo tenía una mañana preciosa. Una mañana pidiendo dinero, suplicándolo más bien, para saldar la herida abierta en canal que tengo, esa que no me deja respirar. Yo perdería mi casa a finales de mes a menos que consiguiera 60 mil. Y los conseguí. 60 mil justos. Me los presta mi abogado, un señor empeñado en que el mundo sea menos raro y menos malo. Tuvimos la reunión en madrid, él, de Lisboa, yo de Almería. Aquella era la mejor noticia posible. Me había empeñado en estar con aquel amante por eso. Porque querría celebrar haber conseguido el dinero para devolvérselo a su propietario y que salga de mi vida para siempre jamás. Quitarme la puta losa del chulo al que mantuve y que me traicionó. No por irse con otra, me alegro de que lo quieran. Lo necesita. Quería celebrar que aquel saldría para siempre jamás porque ya nada le uniría a mi vida, ni nuestro hijo, demasiado mayor como para no tomar partido. Y pensé que aquel amante, una botella de Cava Premium, regalo de Navidad de alguien que me quiere a ratos, para querer a alguien a quien no quería más que ese rato. Llegué a casa parándome en todos sitios. Carne para que comas como te gusta, dos botellas de vino y un ramo de girasoles, que me gustan mucho. Así regresé al apartamento de aquel amante que la primera noche se había ido a dormir al sofá. —Te mueves demasiado. —Hasta que me duermo, que entonces muero. — No lo soporté. Llegué contenta y esperanzada. Podíamos hacer una cena chula, brindar por los triunfos y follaríamos, seguro, seguro que sí. Puse los girasoles en un jarrón precioso de diseño nórdico me di la vuelta, lo abracé y lo besé. Y entonces lo dijo: — Tanita, ven. Quiero hablar contigo. Lo escuché sin decir nada. Pudo explicarme bien que no se encontraba bien conmigo cerca. Que no sabía qué echaba de menos tanto como para no poder besarme a mí. Que lo incomodaba cuando estaba en la casa. Lo entendí tan bien. Normal, hijo. Hace mes y medio que te has dejado con la mujer con la que pensaste que morirías. Por muy mona que yo sea, por muy maja, ese sapo lo tienes que tragar tú solo. No con una pululando en pelotas. — Lo entiendo. No te preocupes, lo entiendo. Te incomodo a cada paso. Lo entiendo. Mientras hablaba recogía mis cosas y rehacía la maleta desecha solo el día anterior. Había puesto una lavadora y, con estos sudores, aproveché para lavar lo poco que había usado. Ël recogió toda la ropa tendida, dobló la mía y me la acercó. — Gracias— Musitó. — No te preocupes, lo entiendo. — Yo querría agradecerte todo lo que estás haciendo, que me hayas entendido tan bien y que estés haciendo lo que estás haciendo. Yo tenía que salir de aquel súper apartamento. — No te preocupes, de verdad, entiendo que… — ¡Déjame que te dé las gracias!—clamó— ¡Solo te estoy agradeciendo que hagas esto! Me lo dijo en un tono inapropiado. Le clavé la mirada. Me mordí la lengua. Suspiré. Y seguí recogiendo mis cosas. Imagino que estará acostumbrado a los melodramas. A que ella se mosquee después de haber ido más días a Madrid solo porque dijiste que podía pasar 4 días en tu casa. Supongo que esperabas que me cagara en tu Puta madre o que te obligara a pagarme, qué menos, un hotel. ¿Es eso, Rosarino? ¿En serio? Quiero irme de tu lado porque emanas el mismo sentimiento de fracaso que emanaba yo hace dos años, cuando me dejaron. No sabes qué coño te ha pasado. En qué has fallado. Cómo han podido hacerte esto a ti… ¿Verdad? No, no lo quiero cerca porque escapo de él, apenas. Hace muy poco yo estaba así. Si hubiera sabido que ya no tenías mujer, no habría venido a tu casa. ¿A qué? Me acompañó a la puerta levándome la mochila mientras yo manejaba la maleta. Nos despedimos con un beso bonesto. — SI hay una tercera vez que sea mejor— Le dije al irme. Me pareció una buena frase para poner punto y final a nuestro idilio. Abandoné su calle arrastrando un sentimiento de compasión. Me daba pena, mucha pena. Sabía lo mal que estaba y, lo que no entendía, es qué había querido encontrar en mí; no creo que sea ningún buen bálsamo.. Me senté en la mesa del restaurante chino por inercia. Tenía que pensar. Tenía por delante 3 noches y no tenía dónde dormir. Sí, un hotel, pero yo no tengo dinero para poder ir siempre a hoteles, solo voy a hoteles cuando me los paga la tele y tengo que reconocer, que me mima muchísimo. Mientras comía gyozas y sushi al mismo tiempo hice repaso mental de a quién podía molestar y fui consciente de lo sola que estoy, en realidad. Tengo gente en Madrid que me quiere, pero no me puede hospedar. Hasta que me acordé de él. De Pablo. Uno de los mejores editores que he tenido nunca. Eterno salva culo. Que me acogió en su seno a cambio de medio kilo de azufaifas, unos lomos de sardinas en aceite y unos dátiles madurando aún en su rama, muy almeriense. La morcilla, chorizo y el queso de Serón se había quedado en la otra casa, así que no hubo otra que recoger la botella buena de vino, la que compré. La que me regalaron se la dejé en la casa aquella en la que se sufría. Y llevaba un cava magnífico en la mochila para celebrar lo que yo quería celebrar y que había sido la excusa de que yo quedara con un ex amante que hacía 10 años que no veía. Celebré. Claro que celebré. Celebré con Pablo, con Candela y con Carmencita, celebramos y brindamos por que yo había conseguido los 60 mil euros que le debo a un señor. Nos quisimos y nos cuidamos. Nos dijimos y nos abrazamos. No me sentí sola, que era algo que me daba pavor: conseguir el dinero y no poder brindar con nadie. Llegué a casa con una sensación extraña. Por un lado de decepción porque me hubiera gustado gustarle un poquito más a mi ex amante y haber hecho de esos 4 días juntos un recuerdo precioso. Y por otro de paz por comprobar que se me quiere aunque sea de lejos. Y que siempre podré recurrir a algunos, aunque sean pocos. Aunque pierda un vestido nuevo porque no aparece y no sé en qué casa me lo dejé… Pero, seguro, aparece de nuevo. No volveré a dormir en la calle, como aquella vez que una de mis amigas me dijo que no podía ir a su casa porque estaban todas sus hijas. Hubiera dormido en el suelo. Dormí en el suelo de la puerta de la Estación de Autobuses, así que, mejor con techo. Pero las separaciones, ya lo sabemos, son un motivo más que suficiente para hacer buena limpieza de agenda y de entrañas. He aprendido que quererme no es fácil, tampoco gratuito. Pero no es lo que muchas personas practicaban. Y así, también les he contado el día que mi amante no me quiso y me salvó el que me quería, menos sexo, lo sé. ¿Y qué? Esto no nos va a dejar en el dique seco; somos amazonas: nos levantamos y seguimos.

2 Sept 2023
T01XE34 - Diario de una Amazona - Un Podcast de Celia Blanco @latanace - Carne joven - Episodio exclusivo para mecenas
Agradece a este podcast tantas horas de entretenimiento y disfruta de episodios exclusivos como éste. ¡Apóyale en iVoox! (https://go.ivoox.com/rf/115001801) T01XE34 - Diario de una Amazona - Un Podcast de Celia Blanco para MTVRX Producciones - Carne Joven Me entró por MetaverxApp, donde entran todas las personas que quieran. Al principio, lo hizo dedicándome palabras preciosas, intenciones sexuales y ganas de saber más de mí. “Tengo 23 años y me mide 23 centímetros”, me escribió. Yo le expliqué que no funcionaban así las cosas, que yo no mantenía contacto con cualquiera y que, el tamaño de su verga me era absolutamente indiferente. Entonces me contó que estaba acostumbrado a las señoras de mucha más edad porque a él quien más lo excitaba era su madre. Este es uno de los grandes temas que trato. En los acompañamientos trato a un joven de 25 años que lleva dos acostándose con su madre y a las sesiones viene hasta la madre porque se sienten tan culpables que es imposible que lleguen a disfrutar de los encuentros. “El pecado es demasiado grande”, dice ella. Y yo le digo que ningún Dios puede meterse en su placer, sea el que sea. Jarkin aspiraba a eso. A follarse a su madre. En su caso, la espiaba cuando iba al baño o a su cuarto a desnudarse. Cogía sus bragas del cesto de la ropa sucia y las olía, escuchaba cuando ella se masturbaba y lo hacía al tiempo imaginando que estaban juntos. Jarkin estaba loco por su madre, un pedazo de señora de 52 años, preciosa, que se desvivía por su único hijo. Del padre no comentó nada, así que di por hecho que no participaba en la ecuación. Jarkin quería saber cómo acostarse con su madre y si, de hacerlo, estaría haciendo algo prohibido. Prohibido. Pecado. Mal visto. El incesto es una de las sexualidades más vilipendiada porque siempre pensamos en el abuso de menores pero, ¿qué ocurre cuándo ambos son ya adultos? ¿Puede un padre acostarse con su hija de 25 años? ¿Y una madre con su hijo de 23? Sobra decir que el tema me parece apasionante y, como investigadora sexual que soy, quise seguir hablando con Jarkin. Me contó que sabía muy bien cuándo su madre se masturbaba porque la oía gemir en su cuarto. Él deseaba ser el que estuviera con ella e imaginaba meterse en esa cama y tener todo el sexo que imaginaba con su propia madre. —Tiene el cuerpo más bonito del mundo, es guapa, divertida, la pena es que yo sea su hijo y no pueda ser su pareja. Pero si ella quisiera… Si ella quisiera lo sería todo. Una mañana me sorprendió tener un mensaje suyo tan temprano. Lo había mandado a las 3 de la mañana, pero yo lo leí a las 7. “Anoche mi madre me dejó que le metiera los dedos”— Apareció en mi móvil. Aquello me descolocó. Hasta entonces, creía estar tratando a un joven que sentía atracción sexual por su madre, pero, en realidad, era un chaval que mantenía sexo con ella. El epicentro de la cuestión era otro. Estuvimos hablando más de una hora. Yo le pregunté cómo se sentía, él estaba pletórico. Aseguraba que le había encantado notar la humedad de su madre, escuchar sus gemidos al ritmo de sus dedos y hacerlo como ella le indicaba hasta conseguir que se corriera en sus manos. Jarkin se sentía muy poderoso después de aquello. —NO ha querido que durmiéramos juntos, pero para mí es como si ya formara parte de su ser. Jarkin se había eregido ya en amante y aspiraba a que lo que había sucedido se repitiera muchas más veces. Pero la madre no pensaba lo mismo. Para la madre, parecía que había sido un error fruto de un calentón mal apaciguado. Lo cierto es que su hijo la había masturbado y ella se había corrido. Jarkin estaba tan emocionado que no dejaba de contármelo: — Yo solo hice ruido para que ella supusiera que la estaba oyendo, entonces, me llamó. Me explicó que necesitaba darse placer porque estaba sola y es demasiado joven como para conformarse. Y yo le dije que siguiera. Que me gustaba que lo hiciera. Entonces cogió mi mano y la puso encima de su coño. “Hazlo tú”, me dijo. Jarkin siguió las instrucciones de la madre. “No tan deprisa”, “más en oblicuo”, “sube los dedos”… “Ahí, ahí, ahí” hasta que se corrió. Yo no era capaz de imaginarme una situación así con tu hijo, pero entendía que Jarkin, con 23 años era un adulto teniendo sexo con otra adulta. Que fueran madre e hijo era una casualidad del destino. Podría haber pasado perfectamente con una vecina, con una desconocida, pero había ocurrido con su madre. Eso le confería un extraño poder de conquistador y, en su caso, ni un poquito de remordimiento. Jarkin quería ser el amante de su madre. Durante algunas semanas las cosas se sucedieron como en cualquier otra casa. Jarkin actuaba de hijo y su madre de progenitora. No tenían sexo pero tampoco hablaban de lo que había ocurrido. Yo le aconsejé que hablaran. Que debían analizarlo aunque solo fuera para saber qué más podía suceder, pero ellos se resistían. Ninguno hablaba del tema. Había ocurrido y querían disfrutarlo en la intimidad. Jarkin se calentaba por momentos. Cada mensaje estaba más excitado, su imaginación se desbordaba. Describía cómo le iba a comer el coño a su madre en cuanto pudiera. —Abriré sus labios y lameré su clítoris. Meteré los dedos a la vez; un día riendo la escuché decírselo a una amiga: “A mí que me metan los dedos mientras me lo comen”. Jarkin estaba convencido que sus 23 centímetros donde mejor podían estar era en el coño de su madre. Y allí que se fue. Hasta dentro. Fue una noche que su madre había tenido un día de mierda en el trabajo. Se dejó caer sobre la cama vestida, con los brazos en cruz, a mirar al techo. Le caía una lágrima pero aguantó el sofoco. Jarkin se tumbó a su lado y empezó a acariciarle el brazo. — ¿Qué ha pasado? ¿Qué mierda ha sido hoy? L madre no podía más. NI habló. NO quiso explicarle cómo la habían humillado por no haber sabido limpiar bien la máquina de café. Ella no lo hacía nunca. Lo suyo eran las cámaras, las tenía que cargar. Pero hoy se habían empeñado en que lo hiciera ella. “Tienes que saber hacer de todo, guapa”. El guapa era lo que más le había dolido. Pero no se lo contó. Se lo guardó. Y dejó que él acariciara su brazo, como dándole ánimos. Permitió que siguiera por sus senos, que los rodeara y se entretuviera en los pezones que se le pusieron duros. Ella no se movía. Jarkin la acariciaba con suavidad. Abrió su blusa y empezó a chuparle un pezón mientras le tocaba la otra teta. La madre cerró los ojos para que saliera la última lágrima que le quedaba y permaneció inerte, dejando que su hijo lamiera sus tetas y bajara la mano hasta su vulva para esconder los dedos en su agujero. Lamió el pezón y bajó por la tripa sorteando el piercing que la madre llevaba en el ombligo. Y empezó a lamer. Abrió las piernas de su madre como me había descrito, apartó los labios para dejarse entrar y beberla entera. Con los dedos aprovechaba para follarla, notando cómo los dedos se le empapaban del calentón de su madre. Estaba empalmadísimo. Simplemente se montó encima. Su madre ni se movió más que de los estertores por los empujones de su hijo. Hasta que lo abrazó. Subió las piernas para amarrarlo como si fuera una araña y se pegaba a su cuerpo para sentir los 23 centímetros de la carne de su carne. Jarkin también tocaba su clítoris, lamía sus dedos y la acariciaba, la madre se partía en dos. Fue ella la que bajó a su polla directa. Él ni se lo hubiera pedido. Sentir la boca que mejor lo besaba en la punta lo derritió. Conocía esa boca de verla todos los días desde que nació y, ahora, estaba con su polla entera. La madre lamía de arriba abajo, agarrándole de los huevos para metérselos en la boca, salir y lamer hasta el glande. La madre lo masturbaba mientras se la chupaba. Ninguna de sus amigas lo hacían tan bien como su madre. Como se notaba la experiencia de casi 40 años de sexo, desde los 15, con el padre de Jarkin. El que la dejó por otra más joven y más guapa, pero tonta como un mordisco en la polla. Su madre lamía la polla, los huevos, acarició su ano con cuidado, como acaricia el culo de un bebé una madre primeriza. Y entonces bajó a lamérselo.. aquello fue sublime. Su madre lamía y cariciaba su ano con delicadeza y gusto. Metía las yemas de los dedos para que relajara el músculo, buscando la oportunidad de seguir, de seguir hasta dentro. La madre agarró el lubricante que usaba para sus juguetes, se puso un condón en el dedo y lo embadurnó bien de lubricante con olor a menta. A Jarkin le hizo gracia que el lubricante oliera a chicle de menta, pero lo que más le gustó fue cuando su madre metió con cuidado el dedo por su culo. La sensación fue espléndida, su dedo empuñó su placer interior hasta explotarlo por dentro. Si aquello era la próstata, quería que se la tocaran mucho. ¡Qué maravilla! Aquel orgasmo fue diferente a cuantos había tenido. Hasta entonces consistían en una bocanada de lefa que gustaba de esparcir si lo dejaba. La madre no dejó que se recuperara y se puso encima a follárselo. Empujaba justo con la fuerza de querer clavarse en la polla. Jarkin agarró con fuerza sus caderas y la movió. —Eres una puta, mamá. Eres muy puta. La madre soltó una carcajada que se escuchó en todo el patio de vecinos. Se agachó y besó en la boca a su hijo mientras sentía su polla bien dentro. Cabalgó un buen rato, agarrando la polla con la mano, incluso. Quería que su hijo se corriera, que echara su semen sobre ella, que la bañara y la llamara puta muchas más veces. Jarkín se corrió gritándole a su madre que la quería. La madre esperaba un insulto pero a Jarkin le salío del alma. Jarkin está enamorado de su madre y ese polvo es lo que más ha necesitado en los últimos años. 23 centímetros de polla para su santa madre. Sacó la polla del coño y esparció el semen por su pecho, su cara, la madre lamía la leche adorándolo. —Yo también te quiero, mi amor. Desde aquella, Jarkin y su madre tienen relaciones de vez en cuando. La madre intenta llevar una vida normal, conocer a hombres mayores que su hijo. Pero ninguno la mima y cuida tanto como Jarkin. Ni se preocupa por que se sienta bien. Eso hace que la madre no quiera cualquier noviete que aparezca. Lo que más me gusta es que ambos me cuentan estas cosas. Quedamos por videollamada y hablamos. Tenemos la suerte de no creer en Dios y no lo consideramos pecado. Es deseo entre madre e hijo. ¿Se va a atrever a juzgarlo? Ni se les ocurra. Escucha este episodio completo (https://go.ivoox.com/rf/115001801) y accede a todo el contenido exclusivo de Diario de una Amazona (con Celia Blanco @latanace). Descubre antes que nadie los nuevos episodios, y participa en la comunidad exclusiva de oyentes en https://go.ivoox.com/sq/1765797 (https://go.ivoox.com/sq/1765797)

29 Aug 2023
T01XE33 - Diario de una Amazona - Un Podcast de Celia Blanco @latanace - El actor argentino - Episodio exclusivo para mecenas
Agradece a este podcast tantas horas de entretenimiento y disfruta de episodios exclusivos como éste. ¡Apóyale en iVoox! (https://go.ivoox.com/rf/115034074) T01XE33 - Diario de una Amazona - Un Podcast de Celia Blanco para MTVRX Producciones - El actor argentino Empezamos a hablar por twitter como hace todo el mundo. Él contestó a una foto que puse de un cenicero mío, comprado en la India y me dijo que tenía uno igual desde hacía 20 años. Así empezó nuestra conversación. Ni siquiera le di mucha importancia a que fuera un actor conocido, con múltiples premios y cierta fama de conquistador. A mí me cayó bien porque ambos teníamos el mismo cenicero de la India. Era argentino, muy guapo y de esos tipos que difícilmente te disgustan. Por las conversaciones por twitter supe que era de River, un equipo de fútbol del que eran muchos de los amigos que tenía mi marido, lo que hizo que no nos faltara de conversación. Entre eso y que a los dos nos gustaba Hanik Kureishi, había días que podíamos hablar durante horas. En julio siempre me he quedado “de Rodríguez”. Mi pareja y mi hijo se iban de vacaciones y yo me quedaba trabajando. Yo iba los fines de semana al pueblo y así formábamos parte de la mayoría de los hogares españoles, solo que, en mi caso, la que trabajaba era yo. Mi marido se dedicaba a tocarse el nardo. Y yo lo consentía. Una tarde, mientras moñeaba por twitter me llegó un mensaje del actor. “¿Dónde estás?”, yo para no explicarle mucho, le mandé mi ubicación: Plaza Mayor. Durante cinco años viví en la Plaza Mayor, no solo fui inmensamente feliz, eso me situó en un lugar privilegiado para poder quedar con cualquiera. “¡No me lo creo! Yo estoy en una bocacalle. ¿Quedamos?”. Aquel “¿Quedamos” me encantó. Claro que quería quedar con él. ¡Quién no querría quedar con él! Nota en un bar de la Calle De la Cruz. Cuando entró él, toda la barra se giró para observar cómo avanzaba hacia mí y me saludaba. Llevábamos tanto tiempo hablando por twitter que era como si nos conociéramos, cuando en realidad, no sabíamos nada el uno del otro. Me dio un abrazo subiéndome en volandas. Era alto, fuerte y muy guapo. Los dos lucíamos sendas sonrisas que demostraban que estábamos disfrutando con aquel encuentro. Me contó que estaba divorciado, que tenía dos hijos ya mayores y que estaba en España rodando una película. Por eso estaba tan cerca de la Plazas Mayor, porque la productora tenía un apartamento en esa zona para los actores que trabajaban con ellos. Era más barato que un hotel y les daba la misma intimidad. A mí me pareció la mejor solución para estos casos. Cenamos en un italiano. No sé por qué, yo que jamás ceno pasta, elegimos un italiano. Yo me conformé con una ensalada de esas que hacen los italianos con bresaola y él se pidió una fuente de espaguetties. Y digo fuente porque avisó al camarero de que, por favor, no le pusiera una única ración, que convenciera al cocinero de que el argentino venía con hambre y no tenía problema en pagar el suplemento. Sus spaghetti alle vongole eran sublimes. Durante la cena nos centramos en nosotros. Ya nos habíamos situado como personas (yo con marido, él divorciado), seguimos hablando de intereses, de política, de cómo estaba el mundo y cómo aspirábamos que estuviera. Reímos y nos acercamos cada vez más el uno al otro. Hasta que llegó las horas de las copas. Su propuesta fue aceptada inmediatamente: quería que nos fuéramos a su casa a tomar un gin tonic. La casa era un apartamento precioso, con cocina americana, dos habitaciones y un salón decorado con un gusto exquisito. — ¡Qué bonito!— dije. — Sí, ya sabes, producción siempre intenta que estés a gusto. Gintonic para dos y música de Pink Martini. Me encantó que eligiera a uno de mis grupos favoritos. Parecía que el actor y yo teníamos en común muchas más cosas además del cenicero de la India. Empezamos a besarnos al segundo sorbo. Sus besos eran perfectos, de esos que se amoldan a tu boca y a tus labios, que te acarician con la lengua, que te muerden tenuemente. Sus manos empezaron rápidamente a moverse por encima de mi vestido de algodón, como intentando hacerse una idea de cómo era mi cuerpo. Yo desabroché su camisa para impregnarme de su olor y su inmensidad. Tenía un peco ancho, recio, con vello alrededor de los pezones y en el centro. Jugué con los pezones con los dedos y con la lengua mientras él me desnudaba por completo. Se quitó la camisa, los pantalones, los calcetines y los calzoncillos quedándonos desnudos ambos en un abrazo. Me acariciaba el cuello, los brazos, me apretaba los antebrazos como dejándome claro que no me dejaría escapar. Me besaba continuamente. Llegó a mis senos. Los besó con cuidado primero, con gusto después para terminar mordiéndome los pezones y excitarme al máximo. Con la mano iba a mi entrepierna como si quisiera comprobar mi humedad y no actuar hasta que no estuviera preparada. Mesaba el vello de mi pubis, dejaba entrar la mano para volverla a sacar. Yo me iba excitanto por momentos y quería más, mucho más. Me cogió en brazos y me subió a la encimera de la cocina para abrirme las piernas y beberme. Su lengua se deslizaba por los rincones de mi vulva como intentando prolongar al máximo la más mínima excitación. Abrió las piernas con las manos para que no las cerrara y mis labios con los dedos para incursionar. Y así, llegó al clítoris que pedía a gritos que lo lamiera. Su lengua fue fantástica. Empezó despacio, como si lamiera un helado. — Me gusta tu coño. Me gusta como sabes. Voy a hacer que te corras como solo tú sabes correrte. Mi clítoris se hinchó poco a poco hasta resplandecer en mi hueco. Siguió lamiendo, ahora con más ahínco, con más fiereza, con más gusto y pasión. Tocaba mis tetas a la vez. Yo estaba chorreando y él se dio cuenta. Metió sus gruesos dedos dentro de mi agujero follándome con ellos. Aquello era la perdición. Por un momento pensé qué pensaría mi madre si yo le contara que me estaba follando a uno de los actores que más le gustaban. Seguro que ni se lo hubiera creído. Pero lo mejor de aquel hombre no era lo famoso que era sino cuánto estaba haciendo por mí en aquella encimera. Lamía mi clítoris, metía los dedos, a veces jugaba con su pulgar que lo pasaba por el clítoris entre lametón y lametón. YO me volvía loca. Yo quería más. Sus dedos, gruesos, perfectos muestrarios de pollas follándome. Su lengua, húmeda, lamiendo mis huecos. MI clítoris enervado y ardiendo…. Fueron los mejores quince minutos de mi vida y, por supuesto, me corrí. Fue correrme e ir inmediatamente hacia su polla. Me bajé de la encimera y me puse de rodillas para chupársela. Tenía una bonita polla recia de actor, de esas que da gusto ver, perfectamente recortado el vello, inmensa y espléndida. Chuparla fue una delicia. Metérmela en la boca entera para saborearla, lamiéndola de arriba abajo,s in dejar un rincón sin mis babas. Desde el culo hasta la punta, desde la punta hasta el culo, apartando con mi mano el cachete para poder llegar a su ano perfectamente limpio y perfumado. Qué polla tan bonita tenía el actor. No podía ser menos. Que bueno comérsela entera, chuparla sin desperdicio, lamerla. Con la mano lo masturbaba al tiempo, notando cómo se le ponía cada vez más gorda. El juego mano-boca se me da bien, puedo hacerte virguerías si te dejas. Aceleré la masturbación porque quería que se corriera. Que se corriera y tragármelo. Que me empapara. Que me llenara. Lamía con más ahínco sin parar de masturbarlo. Me avisó. Tuvo la delicadeza de avisarme. —¡Voy a correrme!— dijo. —Mejor— Contesté. Su lefa entró en mi boca caliente y disparada. Llenó mi boca y yo tragué. Me relamí la comisura de los labios mirándole a la cara y él volvió a besarme. Seguimos acariciándonos mientras él se reponía. Con más tranquilidad, con la mesura de los que ya están satisfechos. Pero mi actor quería más y lo pidió. —Quiero follarte, por favor. Simplemente me puse a cuatro patas sobre el suelo de aquella cocina. Él abrió el frigorífico y cogió un tarro de miel. Sentí la miel caer por el culo y mi coño. Estaba fría. Di un respingón. Y, entonces, él metió la cara en mi culo y empezó lamerme de nuevo pero con la miel de por medio. Su lengua en mi culo me fascinó. Lamía con cuidado cada vez que incluía un poco más de miel. Con los dedos restregaba por mi coño para que no faltara en ningún sitio en el que pudiera acceder con la lengua. Pasaba los dedos con miel y después la lengua, era una sensación increíblemente excitante. Y, en un momento determinado, me la metió. Entró y me dio la sensación de que se podría salir por la boca. Su polla alcanzaba todo mi coño, lo cubría entero. Agarró mis caderas con las manos y empezó a moverme al compás de su empotramiento. Uno, otro, otro más. Yo gemía de placer sintiendo cómo me partía en dos, lo que aumentó cuando, en esa postura empezó a tocar mi clítoris. Tenía su polla dentro y el clítoris entre sus dedos. La combinación perfecta para que yo empujara hacia él, siguiendo el compás que me marcaba. Aquella follada estaba siendo mítica. Me gustó mucho que no dejara de acariciarme por todos lados, que me pasara el dedo por la espalda desde la nuca hasta el culo, que me tocara las tetas, el clítoris, las piernas. Me encantó cuando me dio las cachetadas de cariño en las nalgas, me deshice cuando aceleró….. Me corrí. Volví a correrme con toda aquella, pero seguí, seguí un poco más, esperando que él también lo hiciera. Lo hizo, claro que lo hizo, se corrió dentro de mí y se dejó caer sobre mi espalda. Permanecimos así unos minutos. Él besándome en el cuello, yo disfrutando de su peso sobre mí. Nos quedamos mirándonos a la cara unos minutos y entonces preguntó: —¿Querés quedarte a dormir? —No— le dije yo— NO me gusta dormir con mis amantes esporádicos. —Entiendo. Nos vestimos despacito hablando de nosotros. En pocos días era mi cumpleaños y se lo dije. Me apetecía que viniera. Los días pasaron sin que tuviéramos noticias el uno del otro pero el 12 de julio vio los glóbitos en mi perfil y me dijo que si le daba la dirección, iría. Cuando mi amiga abrió la puerta de mi casa lo dijo con mucha sorpresa: “UY, te lo habrán dicho muchas veces pero eres igual que Mario Passinetti.” Él soltó una carcajada y contestó: — Sí, me lo dice mucho— Y entró. Mi marido no daba crédito a que el actor argentino estuviera en nuestra casa, pero es que, además, era tan forofo del fútbol como él, así que hicieron migas inmediatamente y pasaron horas hablando de su tema favorito. La cierta fue todo un éxito, no por la presencia del actor famoso sino porque el buen rollo que emanábamos todos. MI marido nunca supo que yo me había acostado con él. NO hacía falta; era mi intimidad, no la suya. Mario Passinetti terminó de rodar la película y regresó a Argentina y, aunque al principio mantuvimos la relación por redes sociales, el tiempo nos separó por completo. Hace muchos años de esto. Yo cumplía entonces cuarenta y pocos. Pero sigo teniendo un recuerdo precioso de aquel hombre, forofo del River que me folló como ninguno y que, encima, se hizo colega de mi marido. ¿Quién sabe? Lo mismo rueda algún día en Almería y tengo la mitad del trabajo hecho. Escucha este episodio completo (https://go.ivoox.com/rf/115034074) y accede a todo el contenido exclusivo de Diario de una Amazona (con Celia Blanco @latanace). 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