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About Un juglar de Dios
Una breve reflexión franciscana de la liturgia de la Palabra de cada día. ¡Paz y bien!
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- Freider Florián Lagares
- Category
- religion & spirituality
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- es
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- 12 Sept 2026
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- 10 Oct 2026
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10 Oct 2026
Escuchemos y hagamos lo que Él nos dice
Cada día bendigamos al Señor, que, al hacerse uno de nosotros, cargó con nuestro yugo de esclavitud para otorgarnos, con su victoria, la corona de la liberación. Cristo se hizo hombre para liberarnos de aquello que nos oprime y de las consecuencias del pecado que hieren nuestra humanidad. Vino como «sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte» (Lc 1, 79). No nos cansemos de alabar y bendecir al Señor, porque, por amor a la humanidad, la ha levantado del abismo y le ha restituido la herencia perdida a causa del pecado. Él es la Palabra que se hace hombre y viene a habitar entre nosotros: «y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único, en él todo era don amoroso y verdad» (Jn 1, 14). Esta Palabra viva, esta llave que nos abre las puertas y nos suelta las cadenas, este Camino que nos conduce al Padre, espera de nosotros una sola cosa: que lo escuchemos y que, escuchándolo, hagamos lo que Él nos dice (Jn 2, 5). La verdadera felicidad solo podremos encontrarla en Aquel que tiene palabras de Vida Eterna (Jn 6, 68). ¡Paz y bien!

9 Oct 2026
Fuego que arde en el corazón
Ante el Señor Jesús y sus acciones, que hacen presente el Reino de Dios, la indiferencia no es una posibilidad. Los Evangelios están llenos de testimonios de las distintas reacciones que suscitan sus palabras y obras. Ante ellas, solo podemos glorificar a Dios, porque en Cristo se hace patente que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16). Pretender negar algo tan evidente como la acción del Espíritu de Dios en las palabras y los signos de Cristo es pretender negar la realidad. Este fue el pecado de las autoridades religiosas de su tiempo: contemplar en Cristo el cumplimiento de toda la Ley y los Profetas y, aun así, atreverse a negarlo, no por falta de evidencias, sino por la dureza de sus corazones. Como decía un santo papa: «La peor prisión es un corazón cerrado». La Palabra de Dios y lo que ella nos pide no pueden dejarnos indiferentes, porque es un fuego que arde en nuestro corazón (Lc 24, 32). ¡Paz y bien!

8 Oct 2026
La oración del humilde.
Dice el Señor: «Si, pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13). Lo dice para recalcar que, ante todo, el Espíritu es un don. No lo recibimos porque lo merezcamos, sino porque el Padre nos lo da gratuitamente, en un acto libre de amor y generosidad con nosotros, sus hijos. Y, sin embargo, este don gratuito se da solo a quienes lo piden. Y unido al pedir viene la conciencia de nuestra necesidad de ese don. No pediremos nunca lo que no creemos necesitar, de modo que, para recibir el don del Espíritu Santo, necesitamos humildad. Es la humildad la actitud del hombre que va de noche y toca con insistencia la puerta de su amigo a la medianoche para que le dé tres panes (Lc 11, 5-6), confiando en que su petición perseverante será finalmente escuchada. La oración del humilde es escuchada porque el humilde confía en Dios y no en sus propias fuerzas. ¡Paz y bien!

6 Oct 2026
Dejarse alimentar por Él
Cuando san Agustín leía aquel pasaje del Evangelio en el que Marta acoge a Jesús como huésped en su casa (Lc 10, 38 42), afanándose por atenderlo y darle de comer, hacía notar que lo verdaderamente importante no era alimentar al Señor, sino dejarse alimentar por Él. Y esta fue la elección de María, su hermana, que permanecía a sus pies. Este pasaje recuerda aquel diálogo de Jesús con la mujer samaritana, que no lograba entender la esencia de aquella «agua de vida» de la que Jesús hablaba porque estaba pensando únicamente en saciar su sed corporal con el agua del pozo de Jacob (Jn 4, 11). Algo semejante ocurre en el diálogo posterior con sus discípulos, que procuraban dar alimento material a su Maestro, mientras Él les respondía: «El alimento que debo comer, ustedes no lo conocen (...) mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 32.34). Del llamado que el Señor nos hace y de la decisión que tomamos de seguirlo se desprenden muchas cosas, pero conviene ordenarlas para no descuidar aquello que es esencial, lo que verdaderamente importa. Es como si el Señor quisiera prevenirnos para que no descuidemos a Dios por estar ocupados «en las cosas de Dios». Esto lo entendió Pablo cuando se sintió llamado por Cristo y emprendió inmediatamente su misión, en lugar de distraerse con consultas o aprobaciones humanas (Ga 1, 16 17), por más importantes que fueran, porque «el amor de Cristo nos urge» (2 Co 5, 14). Amar a Dios no es solo el mandamiento más importante, sino aquello que da sentido a todo lo demás en nuestra vida. ¡Paz y bien!

5 Oct 2026
Anda y haz tú lo mismo
De Cristo no podremos decir jamás que ha pasado, porque «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35). De modo que no podemos reducir la Palabra del Señor a recuerdos y enseñanzas antiguas, ni pensar que su acción quedó encerrada en el pasado, porque Dios sigue hablando hoy. La prueba de ello es que todavía hoy muchos escuchan la voz del Señor y toman la decisión de seguirlo. En este mismo sentido, el ejemplo de los santos, nuestros ancestros en la fe, no pierde vigencia con el paso del tiempo, sino que sigue hablándonos e invitándonos a emprender el camino del seguimiento del Maestro. Así pues, si leemos en el Evangelio que el Señor llama a sus discípulos para que lo sigan y sabemos que eso sigue sucediendo hoy, también creemos que los demás gestos de Cristo continúan manifestándose hoy en nosotros y por medio de nosotros. Hoy nosotros somos ese hombre de la parábola que fue asaltado mientras iba de viaje y quedó abandonado medio muerto (Lc 10, 30). Y hoy también Cristo, como buen samaritano, se acerca, nos cura, nos levanta, nos lleva a su lugar de descanso y cuida de nosotros (v. 34). Y también hoy sigue resonando aquel mandato: «Anda y haz tú lo mismo» (v. 37). ¡Paz y bien!

3 Oct 2026
Los amó hasta el extremo
El hermano Francisco, ya próximo a morir, hizo que se recitara el relato evangélico de la pasión según san Juan, desde aquel pasaje que dice: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El amor es el motivo principal de la entrega de Cristo en la cruz, y Francisco quiere, a su vez, entregar su vida por amor a Cristo. Fue este amor el que lo llevó a abandonar los afanes de la gloria militar y sus riquezas para ir a vivir con los leprosos. Este amor le permitió reconocer que el Señor le regalaba hermanos como compañeros de camino. Este mismo amor, en fin, fue el que lo llevó a «negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguir a Jesús» en humildad y pobreza. Francisco decide que, en el momento de su muerte, se proclame el Evangelio que nos presenta a Jesús lavando los pies a sus discípulos y diciendo, en lo alto de la cruz: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30). ¡Qué hermoso sería morir así, ofreciendo los muchos o pocos años que Dios nos conceda en este mundo como una entrega amorosa, cumpliendo así todo lo que Cristo hizo y nos mandó hacer! La vida se nos dio para entregarla, porque fuimos amados por Dios para amar hasta el extremo. ¡Paz y bien!

2 Oct 2026
Hombre hecho oración
Es erróneo imaginar a San Francisco de Asís como un hombre a la intemperie de la sociedad, siempre expuesto, atareado o siendo el centro de atención. Este hombre tan humilde, desde el principio de su caminar evangélico, huye de todo afán de protagonismo y de apariencias. Más aún, siguiendo siempre las huellas del Maestro, buscaba lugares solitarios para orar, dedicando muchas horas del día a la soledad en los eremitorios y acudiendo a los hermanos únicamente para socorrerlos espiritualmente en todo lo que tenía que ver con su salvación. En todo lo que hacía, Francisco se consideraba a sí mismo como «siervo de todos», obligado a servir a todos, especialmente para proporcionarles «las fragantes palabras del Señor». Y esto solo es posible como fruto de una vida de oración cuidada, intensa, devota y tranquila en la humildad. Lejos de la espiritualidad del hermano Francisco está una vida repleta de actividades, por muy útiles que estas parezcan, o una manera de entender la oración como una «pausa» o un momento para «recargar baterías» en medio de un río de actividades. La oración, para el Pobrecillo, es una forma de vida, de modo que él «no era un hombre que oraba, sino un hombre hecho oración». Tener la mente, el corazón y todo el ser fijos en Dios no es una cosa más en una lista de tareas: es una forma de vivir, fundada en Dios, guiada por Él y encaminada hacia Él. Y el secreto de una oración profunda es la humildad: no ver a Dios como una herramienta que me «recarga» para así emprender mis propios proyectos egoístas, sino reconocerse necesitado de Dios como de una fuente que sacia y da sentido a toda nuestra vida cuando se cumple su voluntad. ¡Paz y bien!

1 Oct 2026
Predicación itinerante y en pobreza
En el hermano Francisco vivía un ardiente deseo de llevar el Evangelio hasta el último rincón de la tierra. Este fervor lo llevó al encuentro del sultán Melek El Kamel, en tierras musulmanas, en plena cruzada, y lo condujo, junto con sus compañeros, a predicar de forma itinerante el Evangelio al modo de Cristo, que recorría las aldeas anunciando la venida del Reino. El anuncio evangélico del Reino fue vivido por Francisco no solo en su contenido, sino también en sus formas: en humildad, sin equipaje ni distracciones (Lc 10,4). Y esto no es un añadido ni una especie de elemento teatral: es la esencia misma del mensaje, porque el Reino que viene es una promesa para los pobres, es decir, para aquellos que no se precian de poseer nada, sino que ponen toda su confianza en Dios. Por eso, para Francisco, anunciar el Evangelio no podía separarse de vivirlo: el verdadero anuncio comienza cuando el Evangelio ha echado raíces en el corazón de quien lo anuncia. ¡Paz y bien!

30 Sept 2026
Verdadera y perfecta alegría
¿Cuál es la verdadera y perfecta alegría? El hermano Francisco solía relatar una historia en la que vuelve, en una noche de invierno, al convento, tiritando, con el cuerpo congelado, los pies lastimados y sucios de barro, llamando a la puerta y pidiendo, por amor de Dios, poder pasar la noche allí. El hermano portero se niega, alegando que era una hora inoportuna y, además, que «nosotros somos tantos y tales en la Orden, que no te necesitamos». Finalmente, Francisco sentencia: «Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma». Francisco tenía en mente, quizá, a Cristo nuestro Señor, que, siendo Rey y Señor de todo lo creado, porque todo fue hecho por Él (Jn 1, 3-4), declaraba que no tenía ni lugar donde reclinar la cabeza (Lc 9, 58), nació en un establo, vivía itinerante, murió desnudo y humillado, y fue sepultado en un sepulcro prestado. Quizá pensaba en el paciente Job, que, siendo despojado de todo, rehusaba tener derecho a reclamarle al Dios que le había dado todo. (Job 9, 14-15). La verdadera alegría, esa que nace de vivir el Evangelio, es aquella que no intenta apropiarse de nada, sino que todo lo reconoce como gracia de Dios. Los pobres son llamados bienaventurados porque, despojados de bienes en este mundo, tienen por bien al Autor de todo bien. ¡Paz y bien!

29 Sept 2026
Practicar con los hermanos la misericordia
Los que lo conocieron en vida dicen que el hermano Francisco tenía el don de ver las conciencias y los corazones de sus hermanos, especialmente cuando estaban atravesando dificultades. En una ocasión, el Espíritu Santo le reveló el sufrimiento de conciencia de un hermano y, movido por la misericordia misma de Dios, fue a él y lo consoló con dulces palabras que fueron para él una verdadera liberación interior. Esta gracia, que no es más que el fruto de la ardiente sensibilidad y del amor que Francisco sentía por todos y cada uno de sus hermanos, debe ser para nosotros una verdadera vocación: estamos llamados a custodiar con el mismo celo a nuestros hermanos y compañeros del camino de la fe, siendo para ellos como aquel hombre de Cirene que ayudó a Cristo a cargar la cruz. Pero para ser apoyo, debemos amar a nuestros hermanos, y para amarlos debemos conocerlos y verlos como solo Dios los ve: con ojos de misericordia. Esta fue la mirada que experimentó Natanael cuando el Señor le dijo que ya lo había visto debajo de la higuera (Jn 1, 48), es decir, en sus luchas interiores que no compartía con nadie. Dios nos da hermanos para amarlo a Él en ellos y para ser, para ellos, instrumentos de su misericordia. ¡Paz y bien!

28 Sept 2026
Dios está en el humilde
Todas las inquietudes y búsquedas del joven Francisco de Asís, todas sus dudas y todas sus plegarias lo condujeron a un encuentro, a un acontecimiento que marcó un antes y un después en su vida: aquella vez en la que, al hallar un leproso de esos que tanta repulsión le producían, le pareció ver en él a Cristo, el Siervo sufriente de Yahvé y, venciéndose a sí mismo, lo tocó y lo besó. «Y aquello que le parecía amargo, se transformó en dulzura del alma y del cuerpo». Este acto, tocar a quien nadie quiere tocar, se convierte en el fundamento de su espiritualidad: ser un hermano menor. Cuando, luego de besar a un leproso, se va a vivir con ellos y a servirles con humildad, se coloca en el último lugar, donde no se espera ser servido por nadie, sino que se dispone a servir a todos. Esta es la lógica de Cristo: abajarse para servir, inclinarse para lavar los pies de los demás. Es allí, abajo, en el lugar de los siervos, donde encontraremos a Cristo, porque Dios está en el humilde. ¡Paz y bien!

27 Sept 2026
Francisco se hizo humilde como Cristo
Una vez que sintió en su corazón como una llama que lo encendía de caridad, Francisco de Asís decide imitar la humildad de Cristo: «El cual, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres» (Flp 2, 6 7). Y lo hace porque reconoce en Jesús a un Maestro que predica con el ejemplo «para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21). Entre Cristo y Francisco habían pasado once siglos, y entre Francisco y nosotros han transcurrido ocho. Pero este hombre humilde enseñó entonces con su ejemplo y nos sigue enseñando hoy que la doctrina de salvación de Cristo, más aún, esa misma salvación obtenida por su máxima humildad, manifestada en la cruz, tiene plena vigencia. El Cristo en el que Francisco creyó era un Cristo pobre, humilde y sufriente, y también altísimo, glorificado y liberador, que vive eternamente y nos sigue llamando a su seguimiento. El camino de salvación que nos enseña Cristo no es otro que el del amor humilde y servicial. ¡Paz y bien!

26 Sept 2026
No sueñes con la vanidad del mundo
El joven Francisco, pensando que con la gloria militar podía colmar sus anhelos más profundos, empuña la espada, se pone la armadura y se dirige al campo de batalla. Una noche, mientras dormía, o mejor aún, mientras soñaba, se le presenta un dilema: «¿A quién quieres servir?». Responder a esa pregunta lo hizo recoger sus pasos y regresar a casa, sin importarle que eso le significara ser tenido como un cobarde en su ciudad. Algo en Francisco ha cambiado: se empieza a despojar de la vanidad de vanidades del mundo y de las aspiraciones superficiales de los jóvenes de su tiempo. Para Francisco, poco a poco se va consolidando una certeza: quiere tener por Señor a Cristo, quiere servirle siguiendo sus huellas... quiere no ir ya a la guerra en la Apulia, sino caminar con Cristo hasta el Gólgota. Ya no quiere dar la vida por un señor feudal, sino que quiere entregarla por el Rey de todos los reyes y Señor de todos los señores (Ap 19, 16). Si algo nos enseña el joven Francisco de Asís es que no podemos malgastar nuestra vida yendo tras vanidades y glorias pasajeras, ya que el Señor nos propone un bien mayor, una vida realmente plena, pero es necesario primero «negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle» (Mt 16, 24). Cristo nos llama a entregar la vida por una gloria que está por encima de las promesas vanas de este mundo. ¡Paz y bien!

25 Sept 2026
Contempla la creación como Francisco
Caminando por las afueras de la ciudad, lejos de la seguridad pretenciosa de las murallas, un joven soñador suspiraba por aterrizar sus sueños, contemplando la belleza de la creación, el gran sueño de Dios. Él se reconocía como creado, pero no sabía bien para qué. Entonces escuchó resonar en su interior las muchas palabras pronunciadas por Cristo y recogidas en los evangelios. Seguramente hizo suya aquella pregunta que el Maestro un día lanzó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9, 18). Se sintió cuestionado, quiso responder desde el corazón. Y, meditando, le surgió otra pregunta, tan punzante como la primera: «¿Y yo, qué quiero ser para Él?». Se miró a sí mismo, joven y entusiasta de tantas cosas pasajeras... y sintió un hambre inmensa de eternidad. Ese joven, llamado Francisco, sintió que Asís, su ciudad natal, le quedaba pequeña para la gran empresa que quería emprender: gritar con mil gargantas y proclamar con mil lenguas: «Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas». ¿Tiene sentido otra cosa? ¿Acaso hay misión que se le compare? «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32). Así, al contemplar la creación, reconoce en ella el ámbito en el que puede alabar a su Señor. ¡Paz y bien!

13 Sept 2026
Creados por amor y para amar.
«Somos del Señor», dice el Apóstol, «tanto en la vida como en la muerte» (Rm 14, 8), en primer lugar, porque hemos sido creados a su imagen y semejanza. Ninguna otra cosa creada tiene esta naturaleza y, más que naturaleza, este destino: en la mente de Dios fuimos creados a su imagen, por su Palabra fuimos creados y dentro de nosotros fue soplado su Espíritu (Gn 2, 7). Y cuando la misma Palabra de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, restauró ese destino original que estaba en el pensamiento del Dios que nos creó: ser como Él, habitar en su gloria y participar de su vida divina. Cristo se hizo hombre para que nosotros pudiéramos participar de la vida divina que nos había sido prometida desde antiguo. Y para mostrarnos el camino, el mismo Cristo se hizo Camino, «dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas» (1Pe 2, 21). Es decir, para alcanzar el corazón del Padre Dios, debemos configurar nuestro corazón según el de su Hijo, porque solo Él conoce el corazón del Padre (Mt 11, 27). Esto es, básicamente, lo que significa ser cristiano: escuchar la Palabra de Dios y obedecerla, reconocer a Jesús como Maestro y hacer vida sus enseñanzas, porque es un Maestro que predica con el ejemplo. En una palabra: vivir nuestra vida según la forma en que Cristo la vivió: «haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo» (Hch 10, 38), desterrando «de raíz de entre ustedes disgustos, arrebatos, enojos, gritos, ofensas y toda clase de maldad. Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo» (Ef 4, 31 32). Cristo, en su vida mortal, nos mostró el rostro verdadero del Padre, un rostro de amor, perdón y misericordia. Si somos del Señor, comprendemos que hemos sido creados por amor y para amar y perdonar. ¡Paz y bien!

12 Sept 2026
Comer el pan eucarístico.
Considera, si te reconoces como cristiano, el inmenso tesoro que ha sido dado a los creyentes por su Señor y Maestro: antes de morir en la cruz, anticipó ritualmente esta muerte en la noche de la última cena. Y al entregarnos el pan de su cuerpo y el cáliz de su sangre, dijo: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22, 19). Es por eso que el ejercicio de la Iglesia de rememorar esa santísima noche cada vez que celebra la Misa lo llamamos «sacramento de nuestra fe», porque lo hacemos presente; más aún, por la fe nos hacemos nosotros presentes en el Cenáculo, comemos ese pan y nos consagramos a compartir su mismo destino, haciendo nuestro su mandato: «ámense» (Jn 13, 34). Esta es la verdadera comunión, lo que nos hace Iglesia y de lo que habla el Apóstol cuando dice: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1Co 10, 17). Comer del pan eucarístico de Cristo implica aceptar la misión de anunciar su muerte y proclamar su resurrección hasta que Él venga (1Co 11, 26). ¡Paz y bien!
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