«En el día que temo, yo en ti confío» (Salmo 56:3).
«No seas infantil», decimos cuando alguien manifiesta temor o se muestra reservado ante aquello que le asusta, como si crecer nos librara de los miedos. «No seas exagerado», reprochamos a quien teme cosas que nos parecen insignificantes, como si nuestros propios miedos y fobias fueran siempre razonables.
La verdad es que todos tenemos nuestra propia lista de experiencias dolorosas, heridas y temores que nos enseñaron a estar alerta. Algunos miedos parecen desproporcionados para quienes los observan, pero no por eso debemos burlarnos de quienes los experimentan. No todos hemos vivido lo mismo, ni reaccionamos de la misma manera ante las mismas circunstancias. ¡Cada quien tiene su historia!
Sin embargo, el problema no consiste simplemente en tener miedo, sino en buscar refugio en remedios equivocados: el control excesivo, la evasión, la autosuficiencia o la búsqueda desesperada de seguridad en cosas que no pueden garantizárnosla. Podemos comprender nuestros temores sin convertirlos en nuestros señores. Solo Cristo tiene el poder y la ternura necesarios para sostenernos en medio de ellos.
Cuando Jesús dice: «No temáis» (Mateo 14:27), sus palabras no son una simple frase motivacional para hacernos sentir mejor. Nos llaman a confiar en quien tiene autoridad sobre aquello que nos aterroriza. No significa que nunca sufriremos ni que todas nuestras circunstancias cambiarán inmediatamente, sino que jamás estaremos fuera de su soberano cuidado. Nuestro Salvador no es indiferente a nuestras angustias: conoce nuestra debilidad y nos invita a descansar en él.
Por eso, aprendamos a tratar con misericordia los temores ajenos y con fe los nuestros. No ridiculicemos las heridas de otros, pero tampoco permitamos que nuestras heridas gobiernen nuestra vida. El miedo puede ser parte de nuestra historia, pero Cristo debe ser el fundamento de nuestra confianza. Cada quien tendrá sus temores; nosotros tenemos un Salvador que permanece fiel.
22 Oct 2026
Miedo del BUENO
MIEDO DEL BUENO
Si el principio de la sabiduría es el temor del Señor (Proverbios 9:10), si la advertencia constante contra el pecado es la justa ira divina (Romanos 1:18) y si el llamado al arrepentimiento nos conduce a la salvación (Hechos 3:19), entonces debemos reconocer que existe un miedo razonable y necesario: el que nos hace tomar en serio la santidad de Dios, la gravedad de nuestro pecado y las consecuencias de su justo juicio. No todo miedo es malo; hay un miedo del bueno que nos despierta de nuestra indiferencia, derriba nuestra falsa seguridad y nos lleva a buscar refugio donde verdaderamente podemos encontrarlo: en Jesucristo. No se trata de huir de Dios, sino de reconocer nuestra condición y correr hacia Cristo, quien llevó sobre sí la condenación que merecíamos para reconciliarnos con el Padre. El temor del juicio puede despertarnos de nuestro entenebrecimiento, la preocupación por nuestra eternidad resulta provechosa, pues nos conduce a Cristo - Por tanto, no despreciemos las advertencias divinas ni endurezcamos nuestro corazón; permitamos que la verdad de nuestra culpa nos lleve al arrepentimiento y que el arrepentimiento nos conduzca, por la fe, a Cristo, nuestra única esperanza, paz y salvación (Romanos 5:1; 8:1).
21 Oct 2026
Tengo MIEDO
El miedo apareció inmediatamente después de la caída: «Tuve miedo, y me escondí» (Génesis 3:10). El pecado nos llevó a experimentar el miedo ante nuestra propia maldad y el justo castigo que sobrevino a causa de ella. Es bueno y necesario temer a Dios con reverencia; pero, en su gracia, Dios quiere ser también nuestra paz, reconciliándonos consigo mismo por medio de Jesucristo. Así, quienes antes teníamos motivos para escondernos de su presencia, ahora podemos acercarnos a Él con confianza, sabiendo que en Cristo hemos recibido perdón y salvación. Esto no significa que dejaremos de experimentar temor, sino que ya no tenemos que vivir esclavizados a él. Por eso podemos declarar con fe: «En el día que temo, yo en ti confío» (Salmo 56:3). Allí donde el pecado trajo condenación, la gracia nos ofrece reconciliación; allí donde el miedo nos hizo escondernos, el amor de Dios nos invita a acercarnos a Él. Aprendamos, pues, a enfrentar nuestros temores confiando en el carácter, las promesas y la soberanía de nuestro Señor, quien, habiéndonos reconciliado consigo mismo por medio de Cristo, es nuestra paz.
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